Entre mis venas, frente a mis ojos, y por mis años, un tren raudo devora calamidades y festejos, desnudando creencias prejuicios y ensueños.
I
Escondidas heridas bajo mi carne, ¿es esto lo que nos vuelve
“adultos”? Solía de adolescente llevar las yagas abiertas para sentirme vivo, mientras
borracho vomitaba calles de Santiago, donde además solía besarme en complicidad
clandestina con chicas como yo, destruidas buscando sentirse vivas. Antaño me
tomaba las atribuciones –que hoy me causan una ternura asquerosa y triste- de
hablar seriamente del existencialismo y lo que iba descubriendo del mundo, como
cuál filósofo descubría que podía de algún modo acercarse a la tan manoseada verdad, y lo que era peor: me lo creía.
Tantos años han pasado y hoy puedo recién asumir que detrás de todas las
palabras de esa época se escondía una oscura esperanza, un anhelo desgarrador
desde el centro de mi vientre, esperanza de creer en la especie humana, de
conocer una persona que pudiera entenderme,
perdonar con ello las carencias del desapego materno, la indiferencia de mi padre
con nosotros, las burlas infantiles, todo el dolor de la incomunicación, la
violencia infinita de todas las calles de mi mente. Sin embargo, la metáfora ha
sido asesina fiera contra mi carne, y los proyectiles que en defensa utilicé
sólo han logrado alejarme más y más de la redención, incluso cuando supuse por golpes
de mis huesos la había logrado.
II
Las fortalezas del castillo, lo muros son el único cielo de
nubes grises que logran mis ojos ver, la extrema ceguera daña las últimas
nociones que van quedándome de este mundo; deambulo como un sonámbulo, el
Santiago de siempre me escupe su hedor a mierda, los rostros que me eran
familiares ahora parecen todos desconocidos, una herida profunda hace que no
logre si quiera diferenciar entre las imágenes macabras de mis sueños y lo que
creo sentir como realidad, como este instante en el que escribo. El silencio ha
venido cobrando intereses desde que había decidido olvidar, absurdo fue dejar
de creerle al niño de antaño, si no marco cruces ¿cómo sabré que voy muriendo?
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