domingo, 17 de noviembre de 2013

Preámbulo de Epitafios


Entre mis venas, frente a mis ojos, y por mis años, un tren raudo devora calamidades y festejos, desnudando creencias prejuicios y ensueños.
  
I

Escondidas heridas bajo mi carne, ¿es esto lo que nos vuelve “adultos”? Solía de adolescente llevar las yagas abiertas para sentirme vivo, mientras borracho vomitaba calles de Santiago, donde además solía besarme en complicidad clandestina con chicas como yo, destruidas buscando sentirse vivas. Antaño me tomaba las atribuciones –que hoy me causan una ternura asquerosa y triste- de hablar seriamente del existencialismo y lo que iba descubriendo del mundo, como cuál filósofo descubría que podía de algún modo acercarse a la tan manoseada verdad, y lo que era peor: me lo creía. Tantos años han pasado y hoy puedo recién asumir que detrás de todas las palabras de esa época se escondía una oscura esperanza, un anhelo desgarrador desde el centro de mi vientre, esperanza de creer en la especie humana, de conocer una persona que pudiera entenderme, perdonar con ello las carencias del desapego materno, la indiferencia de mi padre con nosotros, las burlas infantiles, todo el dolor de la incomunicación, la violencia infinita de todas las calles de mi mente. Sin embargo, la metáfora ha sido asesina fiera contra mi carne, y los proyectiles que en defensa utilicé sólo han logrado alejarme más y más de la redención, incluso cuando supuse por golpes de mis huesos la había logrado.

II

Las fortalezas del castillo, lo muros son el único cielo de nubes grises que logran mis ojos ver, la extrema ceguera daña las últimas nociones que van quedándome de este mundo; deambulo como un sonámbulo, el Santiago de siempre me escupe su hedor a mierda, los rostros que me eran familiares ahora parecen todos desconocidos, una herida profunda hace que no logre si quiera diferenciar entre las imágenes macabras de mis sueños y lo que creo sentir como realidad, como este instante en el que escribo. El silencio ha venido cobrando intereses desde que había decidido olvidar, absurdo fue dejar de creerle al niño de antaño, si no marco cruces ¿cómo sabré que voy muriendo?


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