Falta tan poco.
Diez para las seis de la madrugada, y sigo despierto. He
recorrido esta noche algunos recuerdos, imágenes poco claras de acontecimientos
memorables –o que debieron serlo- caen imprudentes y violentas sobre mí, a modo
de cliché de despedida supongo. Tres semanas y habré partido del Santiago de mi
infancia, al fin, curiosamente al destino que años atrás comencé a desear,
destino que se ha abierto repentino entre tumbas y agravios, pérdidas, desilusiones,
camino abierto para, esta vez por mí, retomar lo que desde un inicio parecía
ser mi único camino. Ya no pintaré el nombre de los sueños de un
infante muerto, aquel que lloró en el umbral de la última puerta la única gota
de lágrima que le quedaba, ni buscaré la forma de terminar aquellas historias con un final feliz.
Veintitrés días
aproximadamente, y esas calles me traerán nuevos dolores, veintitrés, y ya nada
parece devolverme lo perdido, como la infancia rota, los sueños podridos, todos
los ojos de mi mundo hacia dentro, observando el núcleo, tejiendo a miradas un
muro de piedra. Falta poco, para seguir reencontrándome, seguir destruyendo los
últimos atisbos de cordura, entendiendo que quien se entrega a la tinta y al
pincel debe acabar destruido.
Es como si nada realmente importase, y en esta fría soledad
de espera comprendo lo rodeado que he estado de maniquíes, esos que terminarán
arrastrados por el mar de aquella playa secreta. Hoy nadie me espera, ni nadie
llorará mi despedida.
Pero muy dentro sé que nada hay que me detenga, nunca hubo nada:
he vendido mi alma al diablo
del Arte.
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