Y así. Todo ha cambiado, ¿qué clase de despertar ha sido este?
La escasa memoria, la torpeza o incapacidad, ésta la de hilvanar minutos, vivencias, sueño y realidad.
Anoche un niño se reía sobre mis transparentes manos, el miedo es una fruta exótica, difícil de apreciar. Asirse, como un desvalido -otra vez y otra vez- al material exquisito de la piel humana, crío esperando madre que cierre sus ojos, pero esas manos no madres y sí vísceras, carne para carnes, y ese sexo de pechos burlándose sobre tus sienes, del techo gris extremadamente gris, lleno de mugres y tristezas. ¿Para qué se han de utilizar cuentos? Me abruma esa pena de contradicciones, sólo fue dejarte llevar, luego recuerdas que un tropel de bárbaros bufones han estropeado más la mueca que dícese sonrisa, mueca de gritos sordos de uñas incrustadas en los párpados de todos los ojos que regalaste. ¿Es esta culpa una condena? Carroña de buitres, tripas de nostalgias impagas.
Cada mañana saludo a todos los amores de mi vida, a medias menciono nombres que se entrelazan, mezclan, destruyen y desarman. Una ingesta matutina diaria, mezclada al escueto oxígeno que mis pulmones atrapan, adormecimiento eterno para el resto de los días venideros: si esto no es ensueño, ¿qué es entonces éstas luces que unidas parecen circo y cadáveres de infantes?
Todas las cunas unidas, esas las que piden a gritos ser detenidas, me rodean a diario, mientras camino, me ducho u orino, como animales asechando, esperando el momento en que cuna me vuelva, cuna entre selvas, cuna de almohadas de clavos. También lo siento, como presumo saber que esta herida está dentro de la herida de cada uno de los que siento, ésos de los que culpamos del repetitivo gesto, la facción y la pausa.
La patria no existe
no en los corazones
heridos
de Latinoamérica.
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