miércoles, 3 de junio de 2015

Junio tres. Casi un mes de los veintiséis años, un desastre

No sé dónde andan mi mente y mis pasos,
¿tan dañada tuve la infancia que no logro desprenderme de ella?
Este malestar es una rabia paralizante. No logro despertar. 
Sigo muerto en ese hospital.

Me aferré a tu cuerpo incrustando mis dedos en tus hombros, en tu espalda, mi cuerpo se estremeció en un dolor agudo e intenso: Estaba allí, nuevamente, sala fría de hospital, y sentí en mi brazo la aguja del suero una vez más, ¡cuánto me dolían los pinchazos a la arteria! Sentí los cables y aquel enfermante sonido piiip presentes esa noche. Estaba allí, sí, en mi posible última morada, con el pánico de la muerte que ha venido a saludarme, y el vacío de soledad, de tierra lejana. Pero esta vez estabas allí, conmigo, en esa diminuta camilla que esperaba verme partir, estabas abrazando mi cuerpo herido, cantando dulcemente canciones en francés On me dit que le destin se moque bien de nous y acariciabas mi cabello. ¡Cuánto quise estar acompañado esas inacabables noches de hospital! Y recuerdo un doctor diciéndome he arreglado para que cualquiera que pueda se quede contigo esta noche y la noche fue tan larga y oscura y vacía. Por favor quédate conmigoNo puedo. Sin embargo, todos esos recuerdos desaparecían gracias a ti, que cariñosamente cocías mis heridas, al tiempo que sólo podía entregarte un raudal que humedecía tus pechos. No puedo creer que no haya llorado sino desde el trueno de aquella sucia sala, ese que aterró mis ultimas noches meses atrás.

A veces no sé si existes o si te soñé. No sé si he salido vivo del hospital o si todo esto es una transitoria ilusión post mortem. ¿Será que yace mi cuerpo bajo tierra y ésto que creo vivir es un especie de limbo entre la carne y la nada? ¿Por qué todo aún sigue pareciéndome tan fílmico? ¿Existes o en mi ahínco te he creado así tan mágica y honesta llenándome el corazón? ¿Por qué en tan poco tiempo te sentí tan familiar? ¿He perdido del todo la cordura?
Lo que algunos no saben es este terror de desquicio, mi mundo cambia tanto y estas emociones son todo lo que puedo concebir. ¿Existo o todo ha dejado de tener sentido?

Desde que te has ido, te has vuelto una compañera silenciosa, te he vuelto un amuleto de cuidado callejero, asilo nocturno, y recurso seductor algunas duchas. No debo depender de ti, no lo hago, te uso, uso tu recuerdo para pensarme menos solo, para tratar aún de limpiarme. A tu recuerdo lo uso, exageradamente lo uso, pero a ti te amo, estando allá, lejos y libre, viviendo todo aquello que los diecinueve traen consigo. No te quiero mía sino tuya, pero sí atesoro tu recuerdo, apoderándome de éste y usándolo a mi beneficio, ¿podrías perdonar esta absurda osadía de poder y posesión? ¿Podrías disculpar mi debilidad sin molestarte si no tengo las fuerzas suficientes y tenga que recurrir a tu imaginaria presencia para tomar mi mano cuando tenga miedo? Saberte me hace sentir menos solo, pero no menos loco. Tengo miedo.

Una dicha desoladora
dibuja sonrisas
en vez de llanto.

lunes, 23 de febrero de 2015

Breve contextualización

Dieciséis días hace que llegué de vuelta a La Plata. Intento retomar mi bitácora como antaño. He deambulado todo tipo de emociones desde aquel Noviembre de las desgracias y he tenido tiempo suficiente para empaparme de ellas. Aún mantengo un nudo frecuente, una desdicha que difumino con vivencias que añoro, vivencias que sin planear revolucionan mis días. Durante enero una carretera fue un ensueño, junto a mi mejor amiga de la adolescencia -y de la vida, una hermana-, los colores del ácido no se comparan con nada, fue el momento preciso. Aquellas personas que cruzamos en el camino, su buena onda y ese pareciera que los conociera de siempre hicieron a mi mente cuestionar las deshonras del miedo, cuánto nos privamos por miedo... cuánta gente hemos dejado pasar por dichoso monstruo. Disfruté de amigos que jamás dudé de ellos, haya sido mucho o poco, fue perfecto. También perdí gente que sin pensarlo dos veces me increpó de mala gente, como si estar en la mierda fuera motivo suficiente para poner sus pies sobre mi cráneo. Todo me pareció perfecto. Viví más que nunca a un padre que soñé siempre, éste nuevo más humano, más amigo. No me pareció, fue perfecto.
Una casa Okupa me mostraba los posibles caminos de los ideales que uno escoja, una gata de ojos grandes me dijo bienvenido y una nota en la pared me sacó una sonrisa infinita. Luego lo demás fue purificarme en el mar, pensando en aquellas charlas con Carol y sus consejos, los cuales poco o nada he seguido, pero sí sus palabras, algo cambió en mí con su buena onda. El mar siempre parece traerme maravillas nuevas, y las recibo dichoso. Tengo la sensación del viento pegada en la carne, y una pausa comenzó a crecer en mí. Siempre en buena compañía, y buenas historias.

Me veo al espejo estos días y veo al fin otro, tanto que anhelé serlo... Al fin una mueca noto distinta, los ojos son los de uno diferente, el cabello que mi padre acompañó a cortarme, el escaso pero ahora grueso vello que aparece en mi barbilla, bigotes de quinceañero. Siento el vigor en mis manos de veinticinco años, al fin, y he dejado de notarme el cabello blanco, párpados caídos y dificultad al andar. El renacer me trajo de vuelta mi edad, y con ella un rumbo nuevo. Tantos años que viví de anciano, ¿cómo se empieza ahora? ¿Qué traen consigo las aventuras de los veinte? Se me escapa una sonrisa, y disfruto cómo la piel se tensa.

La partida fue sin sobresaltos. Todo rápido para que nada alcance a doler. Recuerdo el abrazo apretado de mi viejo y las risas desde la ventana. La cordillera abrazándome el alma, y el resto a párpados cerrados para apresurar el tiempo. Estuve varado en Mendoza desde las dos y media de la tarde, mientras granizó, llovió y sopló viento de huracán -que no fue-, hasta las nueve y algo de la noche. Andesmar debía llegar a eso de las seis, pero precisamente aquella tarde hubo un paro gremial. Nada supimos después, sólo queríamos llegar a casa. Y qué curioso que ahora casa sea donde repose el cuerpo y se sienta bien.
La llegada siempre es un gusto en el alma, donde sea que uno llegue -menos al Hospital-, y la magia de mis amigos realmente lo puede todo. Una fiesta constante sentí nuevamente al abrazarlos acá. Hoy disfruto las maravillas de la tecnología y llevo pequeños viajes junto a mi madre, a quien envío fotografías de lugares que ame.

Llevo cuatro días en casa de Steff, cuidando a nuestros amigos gatos, quienes no molestan pero siento cómo extrañan a los demás. Yo también extraño a los demás. He permanecido encerrado estos días, con excepción del sábado que fui donde Rosario, genial chica que conocí en aquel período breve de Bellas Artes. La fiesta estuvo buena, en mis ires y venires de sábado compré un melón y un vino, un poco de mala patria como dirían algunos, un poco de familiar diría yo. A todos les gustó. De esa noche guardo el recuerdo de un abrazo fuerte y de unos ojos que no pude entender. Nada entiendo hoy en día de relaciones humanas. Nada. Sólo sé, ahora, que quiero retomar todo aquello que por largo tiempo dejé.



domingo, 22 de febrero de 2015

Contrareloj y cacería

¿Y, hoy en día, qué es la poesía?

Estoy cargado de sentires nuevos chocando dentro, un impulso vano llega hasta las yemas de mis dedos y se detiene, se devuelve. Poco a poco me retoma la locura, voy eliminando cada recuerdo sin parar, máquina que todo destruye, soy huracán que a sí mismo destruye, ¡destrucción! No quiero más nada de esto, y vuelve a suceder una y otra vez, una y otra vez. Ojalá supiera frenar mi mente, su caos, y las sensaciones que me destripan.
Estoy al borde de una azotea, desnudo, intentando volar, a mis pies comienza un incendio, y luego todo ya se trata de tener que saltar, de vivir, como si esa muerte preparada sólo haya sido un preludio para la vida, y no cualquier vida, sino la del que nace de nuevo, del que se salva de las fauces temibles de la muerte. No me parecen temibles, y sin embargo le tuve miedo al último cerrojo de mi carne. Temí, y aún no lo tengo claro del todo. ¿Por qué ha de temerse al póstumo suspiro?

Vuelvo a dudar de la realidad de ayer, cada escrito que he omitido en los últimos años comienza a pesarme, he dejado vacíos que jamás podrán llenarse, para bien o para mal. Siento aún en mis manos el tacto de una cadera, y la visión profunda de sus ojos, ¿cómo un cabello podía cambiar en ese instante el rumbo desalentador que había escogido? Poco a poco se me vuelve ajeno el recuerdo de los males de antaño, y una duda comienza a subir por mi espalda, ¿será que me haya inventado todo? ¿Será que ese día jamás la vi? ¿Será que nunca entró al Hospital ni haya soltado una sóla lágrima? Quizá no existe, ni existió, viajando a la Argentina solo o deambulando por San Joaquín tantas veces sin rumbo, sin llegar a esa casita interna, la de los gatos. Tal vez y nunca nos cruzamos, y ese día llegué tarde al metro cuando ella ya se habría ido, no conociéndonos nunca, privándonos del primer, segundo y tercer beso, los insultos, los maltratos, las mentiras, mis engaños, sus engaños, privándonos de lo bueno que no logro recordar, y que me niego, porque no existió, y no quiero crearla nueva, ni buena, ni mucho menos lo que creía que fue, pero no fue porque no existió, jamás. No es. No será. ¿Será que si lo repito se cumple?

Un día de éstos me libraré completamente de eso, por ahora me niego como impulso de vida, el rencor, por primera vez, me entrega cartas que quiero jugar, vivir, sentir. No me importan ellxs, ni sus vidas, ni sus cuerpos, no es a ellxs a quienes odio, ni por quienes tengo tanto rencor, sino un imaginario, en mi cabeza he creado tres muñecos vudú para odiar a destajo, porque en el fondo, muy en el fondo, no sé bien ni entiendo eso del odio, ni del rencor, ni del a la mierda todo. Pero así me basta, por ahora, antes de que olvide todo, hasta mis manos que no paro de mirar, o mi nombre que aún a veces me parece lejano.

Y mientras más desasosiego sienta mi cuerpo, anhelo y encuentro, más temeroso por terribles oleajes, martirios que han venido repitiéndose como mantra. Un miedo al cual me niego a escuchar me revienta los sesos, y puede que nunca logre dejar de meterme en problemas.

 Lo quiero todo,
mientras sangre, lo quiero todo,
hasta olvidar para siempre.








sábado, 14 de febrero de 2015

Sigue, ciego corre

Está todo bien. Una recaída la tiene cualquiera.

Una trompeta me revienta el tímpano, me sangra la cara y no siento mis manos, ni las piernas. He caído al suelo, terremoto grado diez con epicentro en mi pecho. Ganas de vomitar, de vomitarlo todo. Hace tanto que no vomito... la última vez fue un espectáculo crudo, entre suero y batas blancas.
No quise que me afectara, ¿me afecta? Atravesé la calle por terror, me acerqué de absurda valentía, y los ojos cobijo mantenían un ancla temporal. Nada dura cien años. Mareo y turbación, ¿cómo es posible que aquello que llaman emociones sea un desgarrador monstruo gigantesco a este escueto cuerpo? Y siento ojos llenando esta habitación, como un recién nacido desnudo quisiera llorar y asirme a la vida, como lo hago, como lucho a diario. Me sé tan vivo como nunca, no quiero sentir este destrozo, ¿es esto el designio de siempre? Tarde o temprano llegan esas noches de por favor basta tengo miedo.


Me deshice de la mayor cantidad de cosas que podrían aniquilarme nuevamente, pero es sino estas heridas dentro las que seguirán carcomiéndome. Un beso acarició mis males, y una mano lenta limpió ideas. A veces la paranoia puede más y pienso que la vida cruel me regala treguas momentáneas, como si todo fuese un plan siniestro. ¿Es todo esto cierto? ¿Todo aquello ha ocurrido? ¿Por qué siempre logro reinventarme, una y otra vez? Guardo dentro un desquicio nuevo, un secreto de locura allana mis rincones.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Epitafios para Renacer. Tercera Parte.

19-12-2014

VI
Sin duda alguna he tenido mucha suerte.
En unas pocas horas al fin me darán el alta y podré deambular libre nuevamente.
Han sido los días más difíciles de mi vida, tal vez, y seguramente no logre recordar jamás todo lo que ha sucedido desde el día de La Guardia -Emergencias-, la UTI, hasta ahora que al fin duchado, con ropa limpia, espero la última charla con los psicólogos, como esperando un último permiso de libertad.
No sé si a efecto físico, delirios del hígado, medicamentos, o mera psicología, recuerdo que reí tanto como pude aquellos días en que estuvo mi padre y mis amigos hermosos; ahora que lo pienso, sólo recuerdo desde el día en que llega mi padre, miércoles diez, y aún así no recuerdo del todo lo que conversamos. Recuerdo su rostro y mi sensación de alivio al verlo, sentí nuevamente mis cinco años cuando corría hacia él para que me alzara, lo sentí más padre que nunca, más amigo como nunca jamás lo sentí, me sentí dichoso y tranquilo, como si la vida o la muerte en ese momento dejaran de importar. Recuerdo me trajo un M&M, el cual intenté comer de a poco, sin lograrlo, y seguramente aquella diarrea del día siguiente sería por aquel chocolate: los médicos me han dicho, ahora que estoy bien, que durante seis meses debo cuidarme, y uno de los cuidados es no comer chocolate.
Mi mejor amigo viajó también, y fue impactante verlo cruzar la mampara de mi jaula y darme la sonrisa que siempre le he visto, ambos gritando ¡mi perro! Sin duda alguna he tenido mucha suerte. Steff, Billy y Cris jamás me dejaron, sacrificando sus horas libres, sus cansancios, y verles entrar cada día eran abrazos infinitos a mi herida, sin ellos el día de hoy no sería tan esperanzador y seguramente estaría encerrado dentro de todos los abismos que intento abandonar en cada letra que rodea este episodio. Recuerdo los llamados telefónicos de Ana Lucía, y la emoción que sentía de saberme en esa habitación lúgubre tan lleno de personas que amo. No recuerdo bien qué me dijeron en el primer llamado, pero sí que hablé con ella, también con la Nena y con Rafaela. Recuerdo pensar en mi madre cada segundo, y desear con todas mis ganas que estuviera allí acariciándome el cabello sucio.

La suerte de estar vivo se la debo a la salud pública Argentina, estuve al borde de la muerte y al borde de un trasplante, estaba todo pedido, era cosa de horas y teníamos que partir hacia allá, recuerdo la cara de los médicos y su preocupación, la humana forma en que dialogaban conmigo, muy distinto a lo que recuerdo de la salud pública chilena... Debo admitir que también muy vivo tengo en el recuerdo las veces que gritaron que iba a morir, la incertidumbre de si aquel antídoto que mandaron a hacer a otro Hospital iba a funcionar o no. No manejamos mucha información sobre intoxicación con Paracetamol, no suele ser algo recurrente a nivel Latinoamericano (...) la intoxicación por paracetamol es común en Estados Unidos, principal motivo de trasplantes de hígados. Billy me dice que los médicos hicieron llamados telefónicos a Estados Unidos para saber qué hacer, y mandaron a realizar dicho antídoto de acuerdo a mi peso y no sé qué otras características: Me salvaron la vida, ¿qué puedo decir? Suerte, y buenas manos, y más suerte. Me siento en deuda con el Hospital San Martín, y no sé qué podría hacer.

Son las 11:21 de la mañana, y sigo esperando a los de Salud Mental, comienzo a tener un hambre feroz, y me resuena en la cabeza el cuidado de seis meses para mi hígado, por lo que este ferviente deseo de papas fritas deberá ser mitigado con alguna verdura. Dijeron que no debía volver acá para ningún control físico, que mi hígado está trabajando solo y mejorando de modo impresionante. Sin duda algo no me quiere muerto, aunque a decir verdad, ahora que escribo esa frase de mierda, ¡yo tampoco me quiero muerto! Ni mis amigos de verdad, ni mi familia. No sé cuánto me iré a demorar en sanar mi psiquis después de todo este circo tenebroso, y menos sé si este odio, que en estos días de encierro ha ido creciendo, desaparecerá con el tiempo o el rencor al fin tendrá un lugar en mi cuerpo.
Hoy no deseo ser otro: al fin sé que desde que entré a urgencias, SOY OTRO.


Tengo un cajón enorme
que he ido llenando estos días
de Gracias para mis amigos y mis padres.

Epitafios para Renacer. Segunda Parte.

17-12-2014

IV
No sé si deba escribir. No sé si hoy deba escribir.
Nueve días de encierro y ¡este chico se nos va a morir!
Noveno día y la muerte lejos, trasplante lejos, hígado, hígado.

No sé si pueda escribir. No sé si hoy pueda escribir.
Hoy me han cambiado de sala, al fin la UTI me ha expulsado.
Hoy esta nueva sala guarda secretos, arañas e insectos.

Mi cuerpo enmudecido se adhiere a las paredes sucias de este cuarto,
soy parte de las sábanas rotas, el olor a enfermo,
el grillo del baño, la suciedad tétrica que me asecha,
me adhiero a este infierno como un mueble recién puesto.

Estas paredes sólo indican encierro,
cama uno, cama dos, prohibido tomar mate.
Doctor, ¿será que el mate le daña el hígado al extranjero?

Un anciano grita a lo lejos
que en mi casa mando shó'
Una señora se ríe en el pasillo
Ella entiende más que yo
aquello que el anciano grita

No recuerdo haber gritado,
ni los años que he ganado estos días
no recuerdo cuánto había envejecido ya
antes de preámbulos de muerte
no sé cómo he de irme,
cojeando, tartamudo, ciego,
a esperas de las muertes venideras
y de todas aquellas sombras que afuera me asechen.

Pero la muerte no. Nueve días y la muerte no.
Anciano, triste, solo, vagabundo, pero muerte no.
Cuánto anhelo el abrazo de mis padres.
Extranjero dentro de mí mismo, tan lejos, tan ausente.
Nueve días y al décimo he de volverme un poco más loco,
esparciéndose entre estas sucias paredes mi cuerpo.

¡Pero muerte no!
¡Hígado, hígado, hígado!



V
Tengo miedo, pensé cuando observé el lugar donde entraba.
Y la habitación se llenó de tengo miedos, y los barrotes de esta ventanita a mi izquierda, en lo alto, se volvían pilares abismales entre lo último de infancia que venía quedándome: ¿qué hago con éste? ¿Cómo hago para calmar el llanto que no viene, que no suena, de la última cuna escondida en mis ojos? Esta ventana me dice que debo seguir pagando ¿qué estoy pagando realmente? ¿No fue que sucedió todo esto pensando en un futuro mejor? ¿No fue que ocurrió todo esto por cuidar de otra persona, de una persona a la que amaba? ¿Esto es lo que nos trae la vida cuando se decide entregar más de lo debido? ¿Realmente ella habrá querido verme allí, morir entre sus manos y luego mentir las horas y los sucesos como haría después acá en el hospital mientras gritaban mi posible sentencia? ¿Por qué hay tantas versiones de un sólo hecho? Fui acusado de violento, y mi desesperación gritaba supervivencia, gritaba defensa, ¿cómo se pide ayuda cuando ayuda se ha venido pidiendo durante tantos años y nadie parece oírla? Siempre todo queda en manos de uno, tan infante, tan absurdo, tan poco entendedor de la vida maraña ésta... Tengo miedo pensé y un trueno sonó a mi espalda, el cielo se venía encendiendo, como mis nervios, como el dolor que guardo y cargaré por siempre, tengo miedo y a mi garganta atravesó un sollozo mudo que jamás salió, por ese eco en la cabeza: tengo que ser fuerte.
No quiero ser fuerte. Quiero salir de aquí, pero no quiero ser fuerte. Quiero que nada haya sucedido. Quiero ver los ojos de los que se dijeron mis amigos y sentir el mismo cariño, pienso en eso y vuelve el mareo, como cuando el grillo del baño saltó a mi desnudez mientras me duchaba -¡al fin!-, y el cuerpo tembló, tembló del mismo modo en que lo hizo cuando F. aparecía por la puerta de Emergencias, a esa salita donde me moría.
Cargo una tumba en la frente desde ese día, una fosa se abrió en las olas de mi carne, y me supe tan muerto, tanto como lo había anhelado dos noches atrás, tanto cuando vi su rostro nuevamente burlándose, riéndose y preguntando ¿por qué te pones así? Si ellos ya no son más tus amigos.
¿Así funciona? ¿Así sin más?
¿Cómo salgo de aquí? Si cada día estoy más seguro de que esta habitación ha comenzado a expandirse por el resto de mis días, la prisión y la caverna para siempre en mi cabeza. Tres dagas fueron clavadas en mis manos y en mi pecho, ¿qué hicieron con la sangre aquella tarde?


Epitafios para Renacer. Primera Parte.

Prólogo
(sin fecha, tal vez del 14, Diciembre, 2014)

I
De vez en cuando estoy convencido,
como hoy, mientras post-muerte disfruto guajiras,
¡Esta depresión no es más que herencia de aquella,
de'sa, La Nación, tierra ensangrentada,
que me vio nacer y me acunó.

Esta estima de subsuelo es la patria que no cargo.
La herida sin cultura, del abandonado, del nada, nadie.
No soy más que otro desesperado
buscando quién se es
cuando el suelo no existe,
cuando el suelo fue vendido.


II
Desde adentros una llama extinta,
imposibilitado de hablar, vacío de estallido.
Esta lengua torpe y adormecida
guarda secretos de huracán.
El silencio repite mi nombre.


III
“Un pie cerca de la Tumba
La Tumba dentro de mi boca”
(Nuestras mentes ya no existen)