Dieciséis
días hace que llegué de vuelta a La Plata. Intento retomar mi
bitácora como antaño. He deambulado todo tipo de emociones desde
aquel Noviembre de las desgracias y
he tenido tiempo suficiente para empaparme de ellas. Aún mantengo un
nudo frecuente, una desdicha que difumino con vivencias que añoro,
vivencias que sin planear revolucionan mis días. Durante enero una
carretera fue un ensueño, junto a mi mejor amiga de la adolescencia
-y de la vida, una hermana-, los colores del ácido no se comparan
con nada, fue el momento preciso. Aquellas personas que cruzamos en
el camino, su buena onda y ese pareciera que los conociera
de siempre hicieron a mi mente
cuestionar las deshonras del miedo, cuánto nos privamos por miedo...
cuánta gente hemos dejado pasar por dichoso monstruo. Disfruté de
amigos que jamás dudé de ellos, haya sido mucho o poco, fue
perfecto. También perdí gente que sin pensarlo dos veces me increpó
de mala gente, como si estar en la mierda fuera motivo suficiente
para poner sus pies sobre mi cráneo. Todo me pareció perfecto. Viví
más que nunca a un padre que soñé siempre, éste nuevo más
humano, más amigo. No me pareció, fue perfecto.
Una
casa Okupa me mostraba los posibles caminos de los ideales que uno
escoja, una gata de ojos grandes me dijo bienvenido
y una nota en la pared me sacó una sonrisa infinita. Luego lo demás
fue purificarme en el mar, pensando en aquellas charlas con Carol y
sus consejos, los cuales poco o nada he seguido, pero sí sus
palabras, algo cambió en mí con su buena onda. El mar siempre
parece traerme maravillas nuevas, y las recibo dichoso. Tengo la
sensación del viento pegada en la carne, y una pausa comenzó a
crecer en mí. Siempre en
buena compañía, y buenas
historias.
Me
veo al espejo estos días y veo al fin otro, tanto que anhelé
serlo... Al fin una mueca noto distinta, los ojos son los de uno
diferente, el cabello que mi padre acompañó a cortarme, el escaso
pero ahora grueso vello que aparece en mi barbilla, bigotes de
quinceañero. Siento el vigor en mis manos de veinticinco años, al
fin, y he dejado de notarme el cabello blanco, párpados caídos y
dificultad al andar. El renacer me trajo de vuelta mi edad, y con
ella un rumbo nuevo. Tantos años que viví de anciano, ¿cómo se
empieza ahora? ¿Qué traen consigo las aventuras de los veinte? Se
me escapa una sonrisa, y disfruto cómo la piel se tensa.
La
partida fue sin sobresaltos. Todo rápido para que nada alcance a
doler. Recuerdo el abrazo apretado de mi viejo y las risas desde la
ventana. La cordillera abrazándome el alma, y el resto a párpados
cerrados para apresurar el tiempo. Estuve varado en Mendoza desde las
dos y media de la tarde, mientras granizó, llovió y sopló viento
de huracán -que no fue-, hasta las nueve y algo de la noche.
Andesmar debía llegar a eso de las seis, pero precisamente aquella
tarde hubo un paro gremial. Nada supimos después, sólo queríamos
llegar a casa. Y qué curioso
que ahora casa sea donde repose el cuerpo y se sienta bien.
La
llegada siempre es un gusto en el alma, donde sea que uno llegue
-menos al Hospital-, y la magia de mis amigos realmente lo puede
todo. Una fiesta constante sentí nuevamente al abrazarlos acá. Hoy
disfruto las maravillas de la tecnología y llevo pequeños viajes
junto a mi madre, a quien envío fotografías de lugares que ame.
Llevo
cuatro días en casa de Steff, cuidando a nuestros amigos gatos,
quienes no molestan pero siento cómo extrañan a los demás. Yo
también extraño a los demás. He permanecido encerrado estos días,
con excepción del sábado que fui donde Rosario, genial chica que
conocí en aquel período breve de Bellas Artes. La fiesta estuvo
buena, en mis ires y venires de sábado compré un melón y un vino,
un poco de mala patria como dirían algunos, un poco de familiar
diría yo. A todos les gustó. De esa noche guardo el recuerdo de un
abrazo fuerte y de unos ojos que no pude entender. Nada entiendo hoy
en día de relaciones humanas. Nada. Sólo
sé, ahora, que quiero retomar todo aquello que por largo tiempo
dejé.
No hay comentarios :
Publicar un comentario