Está todo bien. Una
recaída la tiene cualquiera.
Una trompeta me
revienta el tímpano, me sangra la cara y no siento mis manos, ni las
piernas. He caído al suelo, terremoto grado diez con epicentro en mi
pecho. Ganas de vomitar, de vomitarlo todo. Hace tanto que no
vomito... la última vez fue un espectáculo crudo, entre suero y
batas blancas.
No quise que me
afectara, ¿me afecta? Atravesé la calle por terror, me acerqué de
absurda valentía, y los ojos cobijo mantenían un ancla temporal.
Nada dura cien años. Mareo y turbación, ¿cómo es posible que
aquello que llaman emociones sea un desgarrador monstruo gigantesco
a este escueto cuerpo? Y siento ojos llenando esta habitación, como
un recién nacido desnudo quisiera llorar y asirme a la vida, como lo
hago, como lucho a diario. Me sé tan vivo como nunca, no quiero
sentir este destrozo, ¿es esto el designio de siempre? Tarde o temprano
llegan esas noches de por favor basta tengo miedo.
Me
deshice de la mayor cantidad de cosas que podrían aniquilarme
nuevamente, pero es sino estas heridas dentro las que seguirán
carcomiéndome. Un beso acarició mis males, y una mano lenta limpió
ideas. A veces la paranoia puede más y pienso que la vida cruel me
regala treguas momentáneas, como si todo fuese un plan siniestro.
¿Es todo esto cierto? ¿Todo aquello ha ocurrido? ¿Por qué siempre
logro reinventarme, una y otra vez? Guardo dentro un desquicio nuevo,
un secreto de locura allana mis rincones.
No hay comentarios :
Publicar un comentario